Uno de los inconvenientes más habituales que aparecen en el trayecto del camino es la aparición de las temidas ampollas. Lo primero que hay que tener muy cuenta es que no se deben comprar las botas el día antes de empezar nuestra ruta. Es decir, se recomienda que las usemos por lo menos con un mes de antelación para que el pie se acostumbre a ellas y así sabremos si nos resultan cómodas. De este modo, el pie se adapta a la bota y viceversa.

Una vez en el camino, hay quien opta por untarse los pies con vaselina cada mañana para evitar roces. El sudor causa las ampollas porque la piel se reblandece y es mucho más fácil que se levante, por eso, antes de caminar es recomendable poner los pies en polvos de talco y luego encima los calcetines para no tener una sudoración excesiva. Un truco es el uso de doble calcetín: uno de algodón con las costuras hacia fuera y uno de lana por encima.

Remedios

Pero si finalmente aparecen ¿qué podemos hacer? Uno de los remedios puede ser poner los pies a remojo en agua tibia con un puñado de sal y un chorro de vinagre. De este modo, se desinfectan y cicatrizan las ampollas. Y para que desaparezcan antes, la común solución consiste en quemar una aguja de coser para esterilizarla y atravesar la tan incómoda ampolla.  Cuidado con arrancar la piel porque podría complicar la cicatrización o causar una infección.